Corría la madrugada del 26 de abril de 1826, mientras mucha gente del pueblo aún se encontraba dormida, cuando un fuerte estruendo los despertó, aún sin saber que estaba ocurriendo.

Las personas salieron a las calles y se asomaron a las ventanas de sus habitaciones, con la curiosidad que les provoca a ver un cielo iluminado de colores raros, desde un azul intenso, hasta un morado en el humo, que salía de la zona de central nuclear.

Se traba de un accidente que desencadenó la mayor catástrofe nuclear de la historia, en la central de Chernobyl, ubicado en la zona que hoy ocupa una parte de Ucrania, que en aquel entonces aun eran parte de Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

En el accidente se suscitó una explosión en el reactor número 4 de la central, lo que derivó en una cadena de ocultación y mentiras por parte de las autoridades soviéticas, para minimizar la escala del suceso.

La estructura del reactor ardió durante 10 días y sus partículas contaminaron 142.000 kilómetros cuadrados: el norte de Ucrania, la rusa Briansk, el sur de Bielorrusia.

La radiación generada por el accidente fue detectada por los países nórdicos, que fueron los primeros en dar la alarma, el 27 de abril.

El 28, después de dos días de silencio, las autoridades soviéticas hablaron por primera vez sobre el accidente.

Pero solo con una breve nota de la agencia oficial soviética Tass que se leyó en el noticiario nocturno de la televisión: “Se toman medidas para eliminar las consecuencias de la avería. Las víctimas reciben ayuda. Se ha creado una comisión gubernamental”.

Al menos 31 trabajadores de la planta y bomberos murieron inmediatamente después del desastre, en su mayoría por causas derivadas de la radiación.

Miles fallecerían después, aunque la cifra sigue siendo objeto de un intenso debate, debido a la ocultación de las autoridades durante años.

Los médicos tenían prohibido poner en los expedientes sanitarios de sus pacientes cualquier cosa que sonara a radiación; y mucho menos dejar constancia de ello en los partes de defunción, como denunciaron después activistas y expertos.

El el 4 de junio de 1986, el diario oficial Pravda, reconoció los altos niveles de contaminación fuera del perímetro de 30 kilómetros alrededor de la central de Chernóbil.

Prípiat, la ciudad más cercana a la central, el orgullo del desarrollismo soviético y donde vivían muchos de sus empleados, ya había sido evacuado la misma noche del accidente, pero la información del Pravda llevó a evacuar también a miles de habitantes de la vecina República de Bielorrusia, la zona que sufrió la peor parte de la catástrofe.

Hoy, Prípiat, luce un escenario postapocalíptico, visitado únicamente por expertos, pero cada vez más por turistas, que van en grupos y bajo la supervisión de un guía oficial, seducidos por el turismo de catástrofes.

Las visitas se dispararon después de la serie de la HBO Chernobyl, que tan bien relató esa cadena de noticias falsas y ocultación que derivó en muertes.

Ahora las autoridades ucranianas, han pedido que se incluya la zona de exclusión como Patrimonio Mundial de la UNESCO, pues sostienen que el lugar es único y “de interés para toda la humanidad”. 

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