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6 de octubre de 2026

RUPERTINO VIVÍA EN EL BRINCO DEL DIABLO Y AHÍ FUÉ SEDUCIDO POR SATANÁS

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Cuaderno Público de Rafael Ayala Villalobos.

Me consta. Rupertino vivía en el callejón del brinco del diablo, en La Piedad, Michoacán, cuando era un callejón lúgubre sin salida, porque en donde hacía esquina con lo que hoy es calle Mina, había disimuladas, peligrosas, malolientes y grandes cuevas en las que, además de don Sata, habitaban miles de murciélagos.

Los  que se metían al callejón maldito, tenían que regresar sobre sus pasos porque no había salida y no fueron pocos los que ahí desaparecieron como tragados por la tierra.

Para que se ubiquen: el callejón diabólico iniciaba en el predio que hoy alberga el restaurante “Las patitas de don Leoba”, por la calle Hidalgo, antes Calle Real, expendio de crujientes y deliciosas patas, manitas y colas  de cerdo doradas en aceite o manteca, aliñadas con especias, vinagre, chipotle y las cervezas que cada quien se imponga. Les aconsejo no dejar de probar las colitas, porque como en todo en la vida, las colas son lo mejor.

Pero regresemos con Rupertino del Conde Nado Amor y del Valle, que así fué como lo nombraron sus papás en la Notaría Parroquial a cargo del Cura Cristóbal Hidalgo, tío del Padre de la Patria, don Miguel Hidalgo y Costilla, cuando corría el año de 1700 y tantos. Lo de que corría es porque a todos los pareció que ése año íba muy de prisa.

El caso es que  Rupertino, estando en su recámara, trabajando en su mesa de estudio, junto a la ventana enrejada, rodeado de libros lícitos y prohibidos, de escuadras, compases, astrolabios, vidrios de aumento, menjurjes varios y un sinfín de cosas más, se asomó al ventanal para mejor respirar, ya que el sofoco del calor de ése mayo caliente, lo tenía harto.

Ésa noche bochornoza Rupertino supo que conocer era difícil y lento y que la vida corta no alcanza para conocer todo. Esto lo llenaba de ansiedad; se mordía las uñas y se le caía el pelo.

“Para saberlo todo, como Dios, no alcanza la vida de un hombre”, se dijo. “Ése es el truco de Dios para dominarnos: ser eterno y entonces -qué chiste- a Él sí le alcanza el tiempo para saberlo todo”, susurró entre envidioso y amargado.

El diablo, que es traidor  y oportunista, tramposo y convenenciero, engañoso e hijo de su uta madre, ya lo acechaba.

Entonces le habló acercándose a la reja de su ventana, aprovechándose del momento psicológico de Rupertino, proponiéndole toda la sabiduría y todo el poder del mundo en un ratito, si Rupertino le daba su alma, porque ya se sabe que don Sata está loco y tiene la manía compulsiva de coleccionar almas, que quién sabe para qué diablos las quiera.

Rupertino aceptó. Satanás lo condujo entonces a Numtofberger, una fría  aldea europea ; y allí, con la ayuda del demonio de la constancia, del demonio del entendimiento y del de la razón despiadada, aprendió el enigma de la escritura árabe cuyos caracteres se escriben al revés de las letras cristianas nada más por llevar la contraria; el álgebra, ésta cábala de la proporción; la geometría, clave de los misterios envueltos en enigmas de la forma; conocimientos todos ignorados por los buenos creyentes.

Luego alcanzó el arte de construír una máquina o aparato que mide el tiempo, para poder calcular la rapidez de los designios del Creador. Rupertino vió las estrellas de cerca, o eso creyó, gracias a ciertas artimañas infernales. Esculcó en sus detalles; y terminó, por fín, por conseguir el arte mágico de atraerse las simpatías, sobre todo de las mujeres, cosa que le hacía falta, ya que a sus 44 años era vírgen y soltero, enamorado solo de sus libros.

Rupertino regresó a su señorial casona en el callejón del Brinco del Diablo, luego de estar en Europa 666 días. Se atrevió a pedirle a don Sata que le devolviera su alma.  Le explicó que ya había entendido que acumular conocimientos no es lo mismo que recibir sabiduría de Dios, que era lo que en verdad él deseaba.

El diablo le dijo burlàndose,  bailando y agitando en círculos su larga, roja cola, que “Lo que se da ya no se quita y con tantita polvorita se le quema su casita”.

Así fué como sucedió aquél memorable incendio de la casona rosa del callejón del Brinco del Diablo, en La Piedad, en  el que Rupertino murió.

Sean felices.

Paz y Bien.

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