En el marco de la solemnidad de Pentecostés, que la Iglesia celebra este domingo, el Papa León XIV elevó una intensa súplica por el fin de los conflictos armados y pidió que el Espíritu Santo “nos salve del mal de la guerra”.
“Queridos hermanos, con corazón ardiente, pidamos hoy que el espíritu del resucitado nos salve del mal de la guerra, que es vencida no por una superpotencia, sino por la omnipotencia del amor”, aseguró durante la Misa que celebró en la basílica de San Pedro.

El Santo Padre evocó el pasaje bíblico en el que los discípulos permanecían encerrados por miedo hasta la irrupción del Espíritu Santo, que llega como una ráfaga de viento e impulsa a la Iglesia naciente a salir al encuentro del mundo para anunciar a Cristo resucitado.
“Al ver al Señor, también los discípulos vuelven a vivir: se habían sepultado en el cenáculo llenos de miedo, pero Jesús entra allí a pesar de las puertas cerradas y los colma de alegría”, aseveró.
El Papa también pidió oraciones para que el Señor “libere a la humanidad de la miseria, que es rescatada no por una riqueza incalculable, sino por un don inextinguible”.
Y añadió: “Pidámosle que nos sane del flagelo del pecado, para la redención anunciada a todos los pueblos en el nombre de Jesús. Esta es la gracia que infunde valentía a los apóstoles; que lo infunda también a nosotros, hoy y siempre, por intercesión de María”.
El Pontífice centró su homilía en tres claves –paz, misión y verdad-, emanadas de aquel momento histórico en el que los discípulos estaban encerrados en el cenáculo. Así, “el lugar de la cena y de la traición se transforma y, de sepulcro de los apóstoles, se convierte para toda la Iglesia en fuente de resurrección”.
El primer aspecto en el que se detuvo el Papa fue la paz, que vinculó también al perdón. “Esta paz viene del perdón y nos lleva al perdón; comienza con el perdón que da el mismo Jesús, traicionado por nosotros, condenado y crucificado”, explicó.
Papá habla a los apóstoles modernos
Para hablar de la misión, el Santo Padre volvió a referirse al cenáculo. Allí los apóstoles reciben el Espíritu Santo y pasan del encierro a dar a la humanidad una palabra de salvación. Nosotros, según el Papa, estamos llamados a hacer lo mismo con nuestra propia vida. Somos protagonistas del Evangelio, no solo guardianes, y esto “se expresa en cada buena acción, en cada acto de misericordia y de virtud”.
“La obra de Dios, por tanto, somos nosotros, que llegamos hoy aquí de todas las partes del mundo, invitados a la mesa del Señor, reunidos en la escucha de su palabra y enviados a testimoniarla por doquier”, detalló.
Por último, León XIV habló de la verdad. Aseguró que es el propio Espíritu quien transforma interiormente al hombre, “ayudándonos a vencer las resistencias, los egoísmos, las desconfianzas y los prejuicios”. Gracias a esta acción interior —añadió— se hace posible construir relaciones auténticas y promover la fraternidad entre las personas y los pueblos.
Y aseveró: “El Espíritu del Resucitado no se infunde una vez para siempre, sino constantemente. Como la Eucaristía es la presencia viva de Cristo, que siempre nos alimenta, así el Espíritu Santo imprime en nosotros su carácter en el Bautismo, que nos hace cristianos; en la Confirmación, que nos convierte en testigos; en el Orden, que constituye ministros y pastores para el pueblo de Dios”.
“Necesitamos redescubrir a Dios como Padre que nos ama; edificar una Iglesia en donde todos se sientan en casa; y hacer crecer un mundo fraterno en el que reine la paz entre todos los pueblos”, afirmó finalmente el Papa.
León XIV concluyó encomendando a los fieles a la intercesión de la Virgen María, a quien describió como Morada del Espíritu Santo y Madre de la Iglesia, poniendo bajo su protección el camino espiritual de los creyentes y el compromiso por una sociedad más justa y reconciliada
